05 Sep 2005

¿DE QUÉ ADOLECE EL ADOLESCENTE?

La presente nota fue editada en la Revista Buenos Aires Cultural del Café Tortoni en septiembre de 2005

 

¿De qué adolece el adolescente?

 

Si buscamos en el diccionario la palabra adolescencia veremos que dice: “del latín adolescere, crecer” y, si buscamos adolecer encontraremos la definición “caer enfermo o padecer una dolencia habitual” (Pequeño Larousse ilustrado). Es decir: el adolescente adolece. Veremos de qué y cómo se manifiesta.

La adolescencia es una etapa de formación de la personalidad. Resulta ser una transición entre el mundo infantil y el del adulto (para ser grande es chico y, para ser chico es grande).

Su duración, en estos últimos años, tiende a manifestarse más precozmente y a alargarse por varios factores (económicos, sociales, culturales). Por ello se ha divido a la adolescencia en tres sub-etapas (temprana 12 a 15 años aprox., media 15 a 18 años y tardía 18 en adelante)

Su inicio ocurre alrededor de los doce años con la aparición de unas manifestaciones bio-psicológicas e intelectuales que llevan al individuo a cambios bruscos y paulatinos que determinarán su conformación de adulto. Entre estos cambios figuran los modelos de relación que posee el adolescente con su familia, su grupo de pares, la autoridad y con el entorno social en general, que influyen y realimentan su modo de ser. 

Surgirán sentimientos de aceptación (“pegoteo” en el grupo de pares, idealización/identificación en figuras que se imponen o cuestionan el orden constituido) y oposición (rebelión ante las figuras idealizadas del pasado y la desestima/cuestionamiento/duda de los valores establecidos). Predomina la emoción como motor de búsqueda y experimentación. El adolescente puede pasar por momentos de euforia y tristeza, y de la extroversión a la introversión. Estos pasajes, en muchas ocasiones, se dan “sin grises intermedios”.

En esta etapa desarrolla un pensamiento conceptual, el cual permite a la persona, frente a un problema específico, procesar datos de la experiencia para formular hipótesis que le permiten manejar datos concretos como abstractos. Sin embargo el adolescente oscilará entre dos modalidades de pensamiento: racional y afectivo.

Frente a todo esto el adolescente mostrará una fragilidad e inestabilidad psíquica y emocional (que se manifiesta en un cuerpo nuevo, que le es ajeno y no logra conocer y dominar). Esto lo remitirá a duelos sucesivos en la esfera física, mental y psicológica, que repercutirán en el mundo externo. 

Con lo ya dicho podemos preguntarnos ¿es posible discriminar una adolescencia normal o patológica?, ¿es posible precisar, con exactitud, cuándo un adolescente se “ha pasado de la raya”?. Posiblemente pensemos en “casos extremos” como referentes, pero también existen manifestaciones menos groseras. Frente a estas últimas corremos el riesgo de caer en una “patologización del sujeto” o, en el otro extremo, en una “naturalización de sus conductas”. Para ello será importante que tanto padres, educadores, como personas cercanas a los adolescentes recurran y se asesoren a profesionales de la salud ante la mínima duda. 

Así también es posible realizar estrategias de prevención, entre ellas se encuentran las pruebas gráficas de la escritura y de dibujos (tests gráficos-psicológicos). Estas pueden ser administradas, previo cuestionario o consigna específica, por educadores y  personas influyentes y ser derivadas a los profesionales en cuestión (Grafoanalistas y Psicólogos), quienes realizarán los estudios a que los habilita su profesión, quedando reservado su diagnóstico, pronóstico y tratamiento al profesional psicólogo habilitado para tal fin.

Ahora veremos cómo se manifiesta esta etapa en la escritura. El cuerpo cambia y la escritura también. 

Estas son algunas pautas, porque dependerá de su estado de ánimo, contención y deseos de expresarse gráficamente que tenga en ese momento. Seguramente que si desea manifestar su amor, su escritura será legible, precisa y grande. Si por el contrario, quisiera expresar su disgusto escribirá de manera más angulosa, apretada y con mayor presión. Es decir, no deja dudas sobre su sentimiento en el momento de escribir. 

 

Teniendo en cuenta lo expresado anteriormente, puede suceder que

* Lo que antes realizaba de manera ordenada, ahora se puede observar con        cierto desorden gráfico.

* La inclinación puede direccionarse en varios sentidos.  

* La presión puede acentuarse dejando más surco en la hoja.

* El ritmo de la escritura puede variar dentro del mismo texto volviéndose más rápida o más lenta.      

* La forma de la letra puede volverse más angulosa, según el grado de     agresividad que haya desarrollado.      

* La dimensión de la escritura puede variar en lo alto y ancho de la letra,         dependiendo del grado de timidez  o extroversión.      

* Los signos de puntuación y diéresis pueden conservar estructuras de la       niñez (puntos en forma de círculo) y –tal vez “por moda”- no colocan acentos. También pueden verse colocada de manera descuidada.      

* La firma que fue dibujando en su niñez, ahora va adquiriendo características propias y, tal vez, comience a realizar rúbricas acompañando a la misma.

En las escrituras que se presentan en esta nota se pueden observar algunas de consignas detalladas en el cuadro anterior. 

Recordemos que así como los adultos no son estables en su conducta día a día, no están fuera de esta norma los adolescentes. Al ser más permeables e influenciables, son más inestables y pasionales. Hay canciones de todos los tiempos que hacen referencia a ello ¿recuerda haber cantado alguna de estas?

 

“Hoy un juramento, mañana una traición.

Amores de estudiante flores de un día son”. 

(Amores de estudiante, A. Le Pera y C. Gardel)

 

“Era niña de largos silencios

y ya me quería bien.

Tu mirada buscaba a la mía,

jugabas a ser mujer” (De niña a mujer, Julio Iglesias)

 

“Aprendí a ser formal y cortés

cortándome el pelo una vez por mes

y si me aplazó la formalidad

es que nunca me gustó la sociedad” (Aprendizaje, Sui Generis)

 

“No se si entenderás qué es lo que siento yo.

Debajo de esto hay alguien que no creció.

Puedo recordar cuando éramos felices.

Yo quiero ser chico y jugar...” (El chico y yo, Charly García)

 

Agradezco a los adolescentes que colaboraron con sus escritos para la ilustración de esta nota: Guillermo (13 años), Nadia (15 años), María Alejandra (19 años) y María Eugenia (22 años).

Asimismo agradezco en la confección de la presente nota al Licenciado Prof. Enrique Muñiz.

 

Prof. Ana María Occhipinti

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portada de Buenos Aires Cultural - septiembre 2005

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